“El sabor amargo del petróleo”
Darse un baño en agua negra y grasosa, beber
agua amarga y comer pescado con sabor a petróleo no cabía ni en la imaginación
de muchas familias del pueblo Shipibo-Conibo, que en 1974 se mudaron de orilla
para salvarse de las aguas bravas del río Ucayali.
El nuevo lugar donde se organizaron en
Comunidades Nativas (Canaán de Cachiyacu y Nuevo Sucre), era ideal para vivir;
pues les ofrecía, además de un área más eleveda, quebradas maravillosas con
aguas limpias llenas de palometas, bocachicos y otros peces amazónicos, bosques
tupidos donde recoger frutos, plantas aromáticas y medicinales e ir de caza.
Sin embargo, nada les hacía presagiar que en
sus territorios ancestrales el Estado peruano había descubierto reservas de
petróleo, las mismas que luego serían vendidas a la Empresa internacional Maple
Energy plc., que opera en Perú bajo el nombre de Maple Gas Corporation del Perú
S.R.L., para la explotación y exploración de hidrocarburos en los lotes 31-B y
31-E, denominados campos de Maquia y Pacaya, respectivamente.
No sólo la existencia de petróleo en sus
territorios les era desconocido, sino también los proyectos de explotación en
sus tierras y territorios.
Desde el gobierno dictarorial de Alberto
Fujimori (1990-2000) las puertas de la economía peruana se abrieron a las
inversiones extranjeras, especialmente en hidrocarburos. Desde entonces los
diferentes Gobiernos se han entregado fervorosamente a suscribir con países ricos,
de donde vienen los inversores, convenios de promoción y protección de
inversiones y tratados de libre comercio (TLC) con cláusulas de inversión.
Como el Estado se considera “soberano” sobre
todos los recursos naturales del país, incluidas las reservas hidrocarburíferas,
ha lotizado gran parte del territorio peruano para venderlo, habiendo
comprometido para ello más del 71% de la Amazonía (de 78 millones de hás.).
Esta lotización está afectando gravemente la
existencia de muchos pueblos indígenas de la Amazonía peruana, sobre cuyos
territorios están superpuestos aproximadamente 47 lotes hidrocarburíferos. En
la Amazonía de Perú viven 60 pueblos originarios (indígenas), sin contar a los
pueblos autónomos (en aislamiento), quienes viven especialmente en las
cabeceras de los ríos y alejados del mundo occidental.
El Gobierno y Maple han firmado contratos de
concesión sin el conocimiento ni aceptación de las comunidades indígenas,
afectando así sus derechos humanos colectivos como el derecho a sus tierras,
territorios y recursos naturales, a la libre determinación y a la consulta
previa e informada en caso de proyectos que los afecten, reconocidos
internacionalmente por el Convenio 169 de la Organización Internacional del
Trabajo sobre los pueblos indígenas y tribales y la Declaración de las Naciones
Unidas sobre derechos de los pueblos indígenas.
Maple, además de ocupar territorio shipibo y
tierras comunales, viene contaminando con petróleo y residuos químicos tanto
sus bosques, como suelos y aguas de las quebradas de Cachiyacu, Mashiria,
Yarinillo y Yarina, provocando así la pérdida de la biodiversidad y limitando gravemente
el acceso de los pobladores a sus propios recursos naturales vitales. Esto los
obliga a vivir en pobreza o huir a ciudades cercanas.
“Es la cuarta vez que sufrimos la misma
desgracia” dice Edith Burga (54), una mujer de Nuevo Sucre, refiriéndose al
último derrame de petróleo ocurrido este 10 de julio, el mismo que alcanzó las
aguas de la Quebrada de Mashiria, dejando a su paso la muerte de peces e intoxicando
a la población. El Mashiria es fuente de agua para el consumo, además en él se
bañan los pobladores y allí viven los peces que los alimentan. Beber el agua
con petróleo y comer pescado contaminado les ha provocado la muerte y
enfermedades, según denuncian. Los pobladores nunca fueron informados sobre la
posibilidad de derrames de crudo ni de las consecuencias y jamás recibieron de Maple
un plan de emergencia para esos casos.
Los niños son las primeras víctimas. Leocadia
Gómez (34), de Canaán de Cachiyacu sabe lo que es perder a un ser querido: “mi hijo
de 10 años ha muerto el 2010. Èl iba después de la escuela a la quebrada de
Cachiyacu a beber agua. Èl murió padeciendo de fiebre alta, diarrea y dolores
abdominales”. La falta de dinero y la lejanía de los hospitales impidieron un
examen médico del afectado.
“Queremos vivir bien y disfrutar de nuestros
bosques y quebradas, sin comer ni beber el petróleo” clama Edith Burga, mientras
funcionarios del Gobierno de turno están convencidos de continuar con la “política
de promoción para atraer más inversiones” en el sector de hidrocaruburos y
triplicar la producción en los próximos cinco años.