El boom del oro y los guardianes de la Cordillera del
Cóndor
Más de 10 mil miembros de los pueblos originarios Awajún y Wampis, de la
familia etno-lingüística jíbaro, ocupan desde sus ancestros la Cuenca del río
Cenepa en el norte peruano y comparten con los Shuar ecuatorianos la Cordillera
del Cóndor. Èsta se eleva desde los llanos amazónicos hasta alcanzar más de 3
mil metros de altura. Debido a la humedad que allí reina, la Cordillera se ha
convertido en excelente hábitat de la biodiversidad. Allí crecen, bajo la
mirada de los osos de anteojos, las más bellas orquídeas del planeta.
“Éste es nuestro territorio, aquí han vivido nuestros antepasados y aquí
viven nuestros hijos. Nosotros somos dueños de estos territorios. El agua, los
animales, las plantas y demás recursos nos pertenecen” afirma Pancho Kantosh,
del pueblo Awajún y Coordinador del Área de Territorio y Medio Ambiente de la
Organización de Desarrollo de las Comunidades Fronterizas del Cenepa.
Para ellos el territorio que ocupan es el
universo formado por elementos materiales e inmateriales. Allí han desarrollado
su cultura. El suelo, subsuelo, bosques y ríos que lo componen tienen vida y
son elementos sagrados. Las hermosas cataratas que caen del cerro Kumpanam en
la Cordillera, por ejemplo, tienen un gran valor espiritual. “Allí han ido
nuestros antepasados a soñar. Ellos han visitado el cerro para adquirir un
poder y ser valientes, luchadores y hombres notables”, refiere Kantosh.

Desde sus ancestros, los pueblos del Cenepa han
luchado contra todo tipo de invasión, habiendo repelido incluso a las fuerzas
incaicas y españolas. Ese espíritu guerrero que les caracteriza les ha
permitido preservar su identidad jíbaro y gozar por un largo tiempo de la
integridad de sus territorios.
Sin embargo, una nueva forma de invasión
amenaza el futuro de estos pueblos; esta vez propulsada por el Gobierno central.
La falta de una efectiva protección jurídica de los territorios ancestrales hace
que el Estado disponga a su antojo de la Cordillera y la entregue en concesión
a empresas mineras para la extracción de oro y otros minerales.
Una de esas empresas es la Compañía Minera
Afrodita, de propiedad de la empresa canadiense Dorato Resources Inc., quien, sin
mediar consulta ni aceptación de los pueblos indígenas, realiza actividades de
prospección y exploración de oro y cobre en la misma Cordillera del Cóndor.
Afrodita estuvo tras la decisión gubernamental
que en agosto del 2007 creó el Parque Nacional Ichigkat Muja-Cordillera del
Cóndor con la mitad de la extensión original aceptada por los pueblos del
Cenepa. La extensión original habría significado proteger la Cordillera como
parte del territorio ancestral, pero se impuso el poder de la empresa minera.
Oficialmente, las licencias otorgadas por el
Estado a esta compañía habrían sido suspendidas en febrero del 2010; pero ella
sigue operando incluso bajo el resguardo del Ejército peruano, con quien Afrodita
firmara un convenio de seguridad y apoyo logístico a cambio de dinero.
“Ellos miran ante todo el dinero que se llevan”,
afirma Kantosh en alusión a la tésis racistadel
ex Presidente de Perú Alan García (Comercio.com.pe del 28.10.2007) sobre el “síndrome
del perro del hortelano”, sosteniendo que los pueblos indígenas tienen tierras “ociosas”,
pues “mientras sus habitantes viven en la extrema pobreza y esperando que el
Estado les lleve toda la ayuda en vez de poner en valor sus cerros y tierras,
alquilándolas, transándolas”, y haciendo gala de su ignorancia sobre la
cosmovisión indígena decía que “la demagogia y el engaño dicen que esas tierras
no pueden tocarse porque son objetos sagrados.”
Desde los años 90 la inversión privada en el
sector minero ha crecido y la fiebre minera ha invadido todos los rincones del
país. La minería ocupa casi el 19% del territorio peruano, convirtiendo al país
en el primer productor mundial de plata, segundo de cobre, y el primero de oro,
plata, zinc, estaño y plomo en América Latina. Los mayores inversionistas vienen
ante todo de Cánada, Suiza, Australia y Estados Unidos.
Sin embargo, la minería no cabe dentro del
concepto del “buen vivir” que tienen los pueblos del Cenepa. La minería
significa para ellos la pérdida definitiva de la Cordillera del Cóndor, la
deforestación de sus bosques y la contaminación de sus principales fuentes de
agua. La voz sabia awajún dice “la obligación de todos es cuidar el medio
ambiente. No estamos locos al hablar de la defensa de nuestros territorios. Es
para proteger la vida de todo el mundo.”
En Perú aún está pendiente el reconocimiento
irrefutable de los pueblos indígenas como pueblos especiales, premunidos de
derechos humanos colectivos inherentes que les garantice su propia existencia y
la de futuras generaciones.